Devocional
1 Pedro 5:7
“”
Llegamos al final de este mes con una verdad que puede parecer sencilla, pero que tiene el poder de transformar nuestra manera de vivir:
Dios cuida de nosotros.
No solamente sabe que existimos.
No solamente tiene poder.
No solamente observa desde lejos.
Pedro nos invita a echar sobre Él toda nuestra ansiedad porque Él tiene cuidado de nosotros.
Toda.
No algunas.
No solamente las grandes.
Toda.
Durante este mes hemos recordado que Dios conoce nuestro camino, permanece con nosotros en los valles, escucha nuestro clamor, sostiene nuestras cargas y provee para nuestras necesidades.
Hemos aprendido que Él permanece en las tormentas, fortalece al cansado, sostiene al débil y nos da gracia cuando nuestras fuerzas no son suficientes.
También recordamos que Dios cuida nuestro corazón. Él restaura nuestra alma, sana nuestras heridas, confronta nuestros pensamientos y nos invita a descansar en Cristo.
Pero quizás la mayor enseñanza es esta:
El cuidado de Dios no depende de que nuestra vida sea perfecta.
Él nos cuida precisamente porque somos suyos.
Por eso podemos dejar nuestras cargas en sus manos.
No porque sepamos exactamente cómo resolverá cada situación, sino porque conocemos al Dios que tiene nuestras vidas en sus manos.
Habrá días buenos y días difíciles.
Habrá respuestas que llegarán rápidamente y otras que requerirán esperar.
Habrá puertas que Dios abrirá y otras que cerrará.
Habrá momentos en los que entenderemos y otros en los que solamente podremos confiar.
Pero en todos ellos permanece la misma verdad:
ÉL me CUIDA.
Cuando tengas miedo: Él me cuida.
Cuando no tengas respuestas: Él me cuida.
Cuando estés cansado: Él me cuida.
Cuando no veas la provisión: Él me cuida.
Cuando atravieses una tormenta: Él me cuida.
Cuando tu corazón esté herido: Él me cuida.
Cuando no sepas qué hacer con tu futuro: Él me cuida.
Y cuando llegue el día en que no puedas sostenerte a ti mismo, recuerda que nunca dependiste de tu propia fuerza para permanecer de pie.
Él te sostiene.
Que septiembre no termine simplemente con treinta lecturas.
Que termine con una convicción profunda en nuestro corazón:
No estoy solo.
No estoy abandonado.
No estoy fuera de sus manos.
Mi Padre celestial conoce mi camino, escucha mi clamor y cuida de mí.
Por eso puedo descansar.
Por eso puedo confiar.
Por eso puedo seguir caminando.
Porque ÉL me CUIDA.
- Él me cuida